La vida es música.
Existe un ritmo. Están los bosques, los lirios, las aves y las plantas. Podrías -quizá- fingir que eres músico. Incluso -tal vez- lo perderías todo. Los músicos lo pierden todo.
Existe también un cuarto blanco, en el cual estoy encerrado. Existe una lógica y existen los dioses. Blanco y negro. Sólo blanco y negro.
Los demás colores no están, no existen, les has negado su existencia, no están ahí porque has elegido despreciarlos, hacerlos a un lado. He sido incapaz de describirlos, de hacer figuras con ellos, me he frustrado y los he puesto a un lado. Me quedé así, con blanco o negro, un simple y sencillo “sí” o “no”. No he podido tomar las cosas de otro modo, no he podido tomar las cosas de otro modo.
Tengo recuerdos de un mundo colorado. Tengo recuerdos de muchas cosas en realidad. Y puedo ver parte del futuro. En verdad puedo, pero caminar hasta allá se me hace tan pesado, el camino es muy largo. Tengo miedo, miedo de verdad. Quizá haya nada que perder, nada que perder en realidad. Pero siempre evito de algún modo tomar mis cosas y caminar hacia él.
No, no es que me niegue a hacerlo, no lo hago, estoy dispuesto, pero el camino es cada vez más difícil, y los obstáculos, la niebla, la niebla es cada vez más espesa, y entre tanto frío ya no puedes distinguir qué es qué. Entre tanto frío y aparente invisibilidad no puedes ni siquiera volver. Estás estancado, estás estancado. Estoy estancado.
Sobre mi cabeza cae un copo de nieve, está frío. Maldigo mi suerte y la de todos los humanos que alguna vez tuvieron que recorrer este mismo camino y pudieron más que yo. No puedo más. Estoy encerrado, en la libertad de mis elecciones estoy encerrado por todo lo creado por el ser humano, la fiel representación de…de…algo que no soy yo.
Izquierda, derecha, arriba y abajo, muchas cosas hay por todos lados, tantas -tantas en realidad- que todo termina viendose como una tormenta, la más grande tormenta de nieve que hayas visto. La mía. Kilómetros atrás hay un barco, el cual dejé de empujar. Triste, en verdad. No pude pensar en otra cosa, qué triste es dejar de navegar cuando el mar se congela. El invierno pasa. Muchas cosas pasan. Y de un día a otro el agua se vuelve hielo, el medio para alcanzar tus sueños se vuelve el mismo obstáculo que…
Sobre mí cae una gran bola de nieve. Como si hubiese alguien detrás viendote, como tratando de regresarte a la realidad. Como…
Dejé de intentar adivinar, y me dí la vuelta, como esperando ver a alguien, como realmente deseando ver a alguien. A alguien específico. Y…nada
Nada, me entra un poco la frustración, y entonces me doy cuenta que en este camino estoy sólo de verdad y no existe persona alguna que…
Caigo al suelo. En verdad caigo al suelo. Me reincorporo algo mareado. Como un regaño, ja.
Curioso en verdad.
De mi abrigo saco una brújula, esta hace algunos movimientos confusos -otros, más simples-, hace cálculos mágicos dentro de su cabeza y…entonces la brújula lo confirma. El viento. El Norte. Aquel fue el viento del norte.
Hubo una época donde todo era sencillo, la posesión de ambición no suponía en mi cabeza tener que trabajar para conseguirlas, no necesariamente, llegaría una época en donde todo estos ería realizable por el “yo del futuro” y sólo tendría que sentarme y contemplar lo increíble que era todo lo que hacía.
Hubo una época en donde era sencillo decir todo lo que era y lo que no, esto no suponía -en mi cabeza, de nuevo- una demostración de todos estos sentimientos, inclusive hoy soy incapaz de hacerlo. Hay cosas. Miedos, barreras, mil y un mecanismos invisibles a los cuales me entrego con la esperanza de aligerar la carga, mi alma.
Hubieran muchas cosas en verdad. Y no importan, no importan tanto. Sucedieron y suceden muchas cosas en realidad. Pero en la complicación que proponen todos mis pensamientos de asociación libre hay siempre una constante. El viento. La problemática surge de este viento. Me identifico y al mismo tiempo me encuentro incapaz de ser como él. Sé que, ¡ahhh! No, no sé nada. En verdad no sé nada. Sé que debo llegar allá, al norte, para darme una idea de lo que es, para ver en que lugar del mundo está todo esto de mi vida.
Miro al cielo. Y hago un deseo. Uno sólo. Doy media vuelta, y regreso hasta mi barco. Cierro los ojos, mi cielo encuentra un poco de calma, y aunque la nieve no para, la tormenta se vuelve uniforme, el viento sopla hacia una única dirección. Es todo en realidad muy complicado, y no me encuentro con ganas de explicar. No quiero. Es mío, sólo mío, la fuerza con la que mi barco se mueve -lentamente- de nuevo, es mi secreto.
Existe un ritmo, le he perdido la vista, pero ni la metafora más rebuscada podría describir en qué parte de mi ente lo siento. Están los bosques, los lirios, existe la lógica, un cuarto, el mismo mundo que alguien más ha creado, están mis manos, y entonces, entonces me tomo la libertad de ser músico. Los músicos lo pierden todo.
Blanco y negro, la tormenta, el ruido, las aves y las plantas, me urge perderlo todo. Me urge perderlo todo. El miedo, la debilidad, mi falta de constancia. Quiero perderlo todo, quizá, en ese momento, alguna parte de mí pueda asegurarme que aún sin posesión alguna, sin las complicaciones y los argumentos circulares…
La vida es música.
Me cuesta decirlo, me cuesta mucho en verdad, soy un imbécil envuelto en cosas que yo mismo me inventé, pero ya saldré, juro que lo haré. Gracias. En verdad, gracias.